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  • FrancA Pizzarra

Sobre la amargura


Si la vida fuera una fiesta, podría decir que un día me encontré criticando a todo el mundo, quejándome porque no había salsa rosada para las papitas, odiando todas las canciones que ponía el DJ y sentada en una silla sola, triste, furiosa y amargada. Lo peor es que estaba convencida de mis argumentos para alejar a las personas de mi lado y no hubo alma benévola que lograra sacarme de ahí. ¿Qué sucedió después? Que me aburrí de sacrificar las posibilidades de gozarme la vida, simplemente por tener la razón y escudar mis inseguridades en ella. Así que, después de alejar a muchas personas de mi lado, reaccioné y empecé a dejar que Dios arrancara raíz por raíz, hasta que la sonrisa que se ocultaba detrás de la maleza se empezó a asomar para recibir el sol. ¿Y saben que descubrí? Que poco a poco mis huesos han ido recobrando vida y ahora les encanta moverse, incluso cuando no hay música.

Sin embargo, esto de mostrar los dientes y aprender a ver la vida desde el ángulo de la fe y la esperanza me demanda ser una niña juiciosa con mis tareas espirituales. No crean, el gozo y la paz son botines que a muchos nos fueron arrebatados y que debemos recuperar con espíritu de guerra. Y, por eso mismo, hay que defenderlos con la misma determinación, sobretodo, porque de ahí sacamos la fuerza para avanzar y perseverar en nuestras relaciones y sueños, a pesar de las dificultades.


“Mirad bien, para que ninguno deje de alcanzar la gracia de Dios, y para que no brote ninguna raíz de amargura que os perturbe y contamine a muchos.” (Hebreos 12:15 RVR95)

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